Leo cuando tengo a mi niña en el pecho. Leo cuando la tengo encima haciendo una siesta. Hay días en que amamanto por diez minutos cada hora. Hay días en que ella se queda ahí, en la teta, dormida. Profunda. Días en que succiona por veinte minutos y vuelve a hacerlo dos horas después. Aunque, me parece increíble escribir esto, hubo un tiempo, en ese tiempo de una recién nacida, en que se alimentaba de mí por horas, sin tregua. Succionar, dormir, succionar, dormir. Sobre mí. Antes, en los dos primeros meses, dormía cuando ella dormía. Ahora, logro leer. Escribir es mucho más complejo. No soy capaz de hacerlo con una mano en el celular.
Llevo un mes y unas semanas —aquí debería hacer un inciso sobre la elasticidad del tiempo, la lentitud de los días, o cómo se pasan rápido, los despertares nocturnos o en la madrugada, el inicio del día cuando sale el sol, las noches cortas o largas, cada día, cada noche tan diferente, así yo insista en encontrar patrones y predecir lo que pasará esta noche o mañana de acuerdo a la observación minuciosa de sus tiempos de alimentación y sueño con cronómetro en mano, pero este inciso requiere más tiempo—. Regreso: llevo un mes y unas semanas enseñando a mi bebé a dormir sus siestas del día sobre una superficie plana, no sobre mi cuerpo, el de su padre o el de su abuelita, sí sobre una cama, una cuna, un colecho, un mat. Ha empezado a suceder, primero por quince minutos (yo leo mientras estoy a su lado cuidándole el sueño: es que le prometí que si dormía en superficie plana, yo me quedaba a su lado toda la siesta, hasta que se acostumbrara), ya hemos logrado que duerma 45 minutos —otro inciso: es un plural porque es un trabajo en equipo dormirla en brazos y pasarla a la cama sin que se despierte, es como apagar una bomba antes de que estalle (una analogía gráfica que compara el llanto al tocar la cama con una explosión… solo que en este caso todo vuelve a empezar y el día se puede pasar en dormirla, acostarla, volverla a dormir, con pausas para alimentarla y jugar)—.
Entonces, sigo aquí, sigo aquí intentando escribir en alguna de esas siestas matutinas en que se queda en la cama. Sigo aquí intentando estirar esos minutos, hacerlos vórtice: para leer, escribir, hacer ejercicio, darme un baño. Podría escribir en las noches, cuando ella duerme en cama y por varias horas, pero elijo dormir. Mis días por estos tiempos son una enumeración en diferente orden, en paralelo o simultáneo, de estas acciones: dormir, tomar un baño, comer, hacer siesta, recibir visita, acompañar siesta, leer, escuchar un podcast, hablar con mi pareja, revisar el celular, ir al baño, tomar el sol con la bebé, amamantar a la bebé, extraerme leche. Pensé que la lista sería corta. Quizá para esto sirve escribir. Hago mucho. Es un mucho diferente al mucho de antes.
Así se siente leer Sigo aquí de Maggie O’Farrell. “Es como si de pronto se me cayeran varias capas de piel, como si el mundo estuviera más cerca y fuera más tangible que nunca”. Son diecisiete roces con la muerte, dice la autora. Son diecisiete textos: autoficción, escritura autobiográfica, escrituras del yo, testimonio, memorias… Es probable que estas categorías no sean equivalentes, pero quiero leerlas como si lo fueran y decido leer este libro, a pesar de estar etiquetado como memorias, con “beneficio” de ficción. Me parece imposible contar la propia vida sin ficción. Estos textos, preciosos en su construcción formal, están llenos de vida (entiéndase aquí vida como ficción), o mejor, son textos que palpitan. Respiran. Hacen suspirar, fruncir los labios. Sentir el suspenso de la muerte inminente (aunque uno sabe que ella sigue aquí), y sentir que varios de esos relatos —que involucran escenas de acoso y violencia— también me han pasado a mí y a tantas.
Cuando le conté a mi pareja sobre este libro, le dije que no estaba segura de si era una lectura contraindicada para una recién madre. Un texto cuenta una césarea de emergencia, otro, una lista de abortos espontáneos, otro, las enfermedades de una hija recién nacida, otro, los dolores al amamantar. Sentí cada historia con una profundidad espasmosa. Podía imaginar con muchos más detalles eso que ella contaba en mi propia piel. Mi pareja me respondió que era un libro con mucha violencia. Yo no me había percatado. Quizá sí hay una relación bien estrecha entre rozar la muerte y la violencia. Quizá, y a pesar de mi formación en abrir los ojos, estos relatos me parecen “normales”. O más bien podría decir: son esas cosas que nos pasan a las mujeres y que, al leerlas en otras, nos damos cuenta de qué tan enquistadas están en la experiencia per se de ser mujer en cualquier lugar.
El libro está lleno de preguntas. De reflexiones sobre la propia experiencia que son conocimiento: metacognición —por usar una palabra grandota—, son también poesía. Está lleno de juegos en el tiempo y el espacio de la historia. Estamos viendo cómo un carro está a punto de atropellarla y, a la vez, vemos qué piensa en ese instante y qué pasó la primera vez que escapó de casa cuando era niña y cruzó sin autorización una calle. Esta autora tiene una habilidad para expandir los detalles y en ellos, como incisos, dejarnos ver de qué habla cuando cuenta cómo una ola la arrastró y la dejó ensangrentada antes de volver a flote.
Mientras leía este libro me pregunté una y otra vez por qué lo leía. Por qué tengo esta fascinación por la autoficción. Por qué encuentro valor en leer la vida de otras. Escribo esto de noche (van dos días en que no logramos siestas diurnas en superficie plana), mientras me extraigo leche, mientras miro en el monitor que la bebé sigue durmiendo, mientras me tomo una aromática con mucho sueño mirando el reloj y calculando si me duermo en veinte minutos cuánto voy a lograr dormir antes de la próxima extracción o hasta que ella se despierte. Y justo aquí, escribiendo esto, intento explicarme por qué leo con avidez estas historias: cuando listé mis acciones diarias me sorprendió sentir que sí hago, me sorprendió pillarme buscando una calificación de productividad en medio de un momento de la vida que me pide presencia y pausa. Por eso leo. Por eso escribo. Por eso sigo aquí, sigo aquí, sigo aquí.

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