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Florecerán todos los árboles para ti, hijo mío

[i] También en Felipecarrilloalvear.com

Esta colección de ensayos registra y recrea la ficción de querer ser papá, de efectivamente serlo, de no poder dejarlo de ser. Antes de ser materia ser papá es una abstracción, antes de nacer a ser papá se es papá en la imaginación y en la lengua y en la memoria de lo que se cree que ha sido un papá por acción, palabra y omisión. Y solo se es papá en el vínculo, en la mirada de quien te reconoce como tal. Pero los papás tienen mala fama, ¿no? Madre solo hay una, dice el dicho. Este libro de ensayos intenta un papá maternal. O una ficción que llene de otra sustancia a la palabra papá. Una ficción, para que sea nueva, para que se mueva, que cree un papata, más que un papá.

En un narrador atravesado por la literatura y el lenguaje, y dispuesto a crear una nueva realidad familiar, propia y singular, los ensayos de este libro recorren tres estados emocionales que se retroalimentan, que aumentan y disminuyen, pero que nunca dejan de estar. El primer estado es la ternura, esa disposición blandita frente al acontecimiento, esa disposición de fácil de partir, de tierra fértil para que en ella pueda echar raíz una vida nueva, y crecer. El narrador de estos ensayos, recargado en dulce e inquietud, imagina que su hija llega a una tierra de mamás.  Lo dice en «Partir», en el primer ensayo, donde el parto, que no es el primer momento de la paternidad, pero sí el nacimiento material, es el momento en que una nueva vida da luz a la vida de sus papás. Pero la ternura, la tierra blanda para la semilla, recorre también un lugar anterior, el del doblez que es M para el narrador. Lo dice en «Un hijo, antes de ser materia, es una entelequia», cuando habla del momento en que el narrador deja de ser lo que era para empezar a convertirse en lo que es. En ese ensayo M, la pareja, también parte, también da luz al narrador, que empieza a florecer.  Y también está la ternura en «Las cosas que nombraste», en las palabras singulares que reconocen que la posibilidad de una vida nueva no nace en la rigidez de la tradición, sino que existe solo en la mezcla que convierte un mundo viejo en una nueva forma de nombrar, y en la posibilidad de crear un idioma particular.

Luego, aunque los estados emocionales sucedan mezclados y en cualquier orden y en cualquier parte, está también la perplejidad, el aturdimiento, la confusión después de ese evento que absorbe la vida hasta que te filtra en un tú depurado de ti. Quienes amamos la literatura sentimos que narrar es darse a luz, porque la realidad es una ficción. Este narrador, en «Desembalo mi biblioteca», afirma que narrar siendo padre es hacerlo siempre después de, «mi hija era — es y será — más importante siempre». Entonces narrar es asombrarse siempre bajo ese ineludible sol. Desde la noticia, el aturdimiento está en todas partes, cuando el narrador reconoce la vida en un pálpito, por ejemplo, en «Doscientos latidos por minuto», cuando el narrador oye la vida nacer como un tambor, un sonido simple en un ecógrafo, que se repite hasta hacer un ritmo que se une a otros propios y ajenos y termina por crear un latido que crea el tiempo de quien lo hace y quienes, a coro, lo pueden escuchar. Y la misma perplejidad, que acompaña eso que hace el tiempo, también acompaña eso que lo deshace, en otra textura, lechosa, que te obliga a existir en una dimensión donde la gravedad atrae a todos a un espacio blanco en donde está el núcleo familiar, encajando y deformándose con la interacción dentro de ese «Tiempo blanco» que ahora es la realidad.

Y también, aunque siempre constante y en cualquier parte, está el miedo, de repetir lo malo, de no haber hecho lo posible por salvar a alguien que todavía no está en riesgo pero que siempre, como todos, lo puede estar. Ese miedo a reproducir la larga tradición automática está en un recuerdo de la «Estación Pueyrredón», donde, para el narrador, siempre hay una niña con pelo negro y desarbolado que grita un No rotundo y categórico frente al llamado de su mamá, esa niña, que se llama Celeste, y esa palabra, en ese momento, es una invitación a no repetir la misma ficción. Lo que sí se repite es las ganas de no repetir, en «Mi papá estaba muerto antes de matarlo» el narrador recuerda e inventa a su padre, y mientras lo hace inventa el padre que no quiere ser. Ese miedo al dictado tradicional de las cosas como han sido y deben ser atraviesa el libro, y así lo dice en «Una modesta proposición», en el que el nuevo padre, rodeado de gente que te quiere dar consejos imperativos, se aísla dentro de sí mismo, para defenderse, imaginando, intentado, otra paternidad. Pero el miedo, también, es el de la necesidad de cuidar, de salvar, un miedo interminable y en constante transformación, como un mar, en el que hay que aprender a nadar y sobrevivir, un miedo que nombra Samanta Schweblin como una distancia de rescate, esa distancia variable que un padre se pasa todo el día calculando, queriendo prever los tiempos y las acciones necesarias para proteger.

Esas tres emociones recorren estos ensayos, de principio a fin, y son formas y deformaciones del amor, un amor filial que sabemos por experiencia que no es obligatorio pero que en los cuentos que nos decimos creemos que es inevitable y natural, un amor que el narrador siente pero considera necesario inventar, un intento que ajusta la emoción a la forma literaria del ensayo, de la exploración y la experimentación, para dejar y crear el registro propio de una nueva ficción, de un papata, de un papá maternal.  La forma literaria de este libro es la de la honestidad y la exploración estética y significativa, no la de la investigación y la presentación de lo investigado (que muchos todavía creen que es la forma del ensayo literario). El lenguaje de este libro es tierno y recorre a la experiencia con esfuerzo, para intentar dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, con tal de que sea propio, y amoroso, y voluntario.


[i] Sebastián Gaviria Quintero (2025) Un ruido de fondo que nunca se apaga Editorial Libros del fuego: 104 páginas


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