El 20 de mayo de 1898 apareció un artículo en El Tiempo, de Buenos Aires, titulado el “El triunfo de Calibán”. Lo firmaba Ruben Darío, uno de los más grandes poetas del continente americano y que decía esto en sus primeras líneas: “No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros”. Se refería a Estados Unidos, el país que sucedía a España en su dominio imperial y que traía intrincada una necesidad espiritual de un “destino manifiesto” de conquistar el mundo.
La verdad todo cambió para los latinoamericanos con la derrota de España frente a Estados Unidos en la Cuba en 1898. Fue un momento de ruptura intelectual. Como dice un historiador mexicano, la situación de Cuba aclaró para muchos el sentido de varios episodios en el siglo XIX: la anexión de Texas, la guerra con México, las acciones filibusteras en Centroamérica y las intenciones de poner la bandera norteameriana desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego.
Estados Unidos, siempre desdeñoso y desconocedor de la realidad de los países de habla hispana, no advirtió el efecto histórico que su acción tendría en ellos. El miedo, la rabia, el resentimiento y la unidad que provocó ese enémigo común, ese Calibán del que hablaba Darío en su artículo, el monstruo que hizo que liberales y conservadores enfilaran sus discursos contra este imperio que quería subordinar el mundo. Era, pues, el nacimiento del antiyankismo latinoamericano.
Dice Ricardo Soca que la palabra Yankee tiene origen holandés. Al parecer viene de Janke, un diminutivo del nombre holandés Jan, o tal vez de Jan Kees, que significaba algo así como Juan Queso, porque la elaboración del queso era su especialidad. Era pues un gentilicio con el que los colonos norteamericanos se burlaban de los inmigrantes holandeses que se asentaron en Nueva Amsterdam (luego llamada Nueva York).
Es intersante la teoría de que la palabra yanqui tenga raíces en la burla y el desdén del extranjero, del diferente –algo que hoy sabe hacer muy bien el gobierno de Trump –. Al menos, para nuestra visión latinoamaricana, la palabra misma se vuelve contra ellos. “Los yankis; he ahí el enemigo”, reza el epígrafe de Ante los Bárbaros, de José María Vargas Vila. Los yanquis son ellos, los también llamados “gorilas colorados”, el “Goliat dinamitero y mecánico”, el personaje siniestro de “Calibán”, como lo llamó Darío y luego otros pensadores del sur.
Pero tal vez sea a Darío a quien se deba la aplicación de la antitésis metafórica de Ariel contra Calibán, para representar la tensión permanente entre Estados Unidos y Latinoamérica. Una antítesis tomada de La Tempestad de Shakeaspare, donde Calibán representa lo vulgar y monstruoso, lo pesado, lo torpe, lo insensible; mientras que Ariel es el genio del aire, la parte noble y alada del espíritu, imperio de la razón, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia.
En Ariel de José Enrique Rodó, publicado en febrero de 1900 en Montevideo, también se sostiene esa idea de dualidad, por eso el título del ensayo. Estados Unidos es considerada la encarnación del verbo utilitario, el monstruo codicioso y materialista, el ser sin levedad y belleza, aunque con algunas virtudes que solo alimentan al monstruo, como su fuerza, su tenacidad y el culto de la energía individual. Sin embargo, Rodó reconoce que dentro de esta falta de espíritu algunos como Whitman, Poe o Emerson se elevan en medio del metal.
Estados Unidos representa pues, para el uruguayo, la negación del ocio, la búsqueda interminable, única y obsesiva de la prosperidad material. Y el ocio es esencial porque es la inversión de tiempo que se opone a la actividad económica, un espacio para que lo mercantil no esclavice nuestro espíritu. El ocio es lo que nos permite construir una vida interior, meditada, contemplativa. Es la que permite cultivar el buen gusto y una rienda firme del criterio.
Por eso también este ensayo es un panfleto a favor de la educación. Para Rodó el espíritu de la juventud es un terreno donde una palabra oportuna puede rendir frutos. Incluso el libro comienza con una narración en tercera persona que cuenta la tarde en que un maestro, a quien suelen llamar Próspero, está en una amplia sala de estudios, desde donde se despide, después de un año de tareas, de sus jóvenes discípulos y los exhorta a los ideales, a los sueños y a la acción, porque está seguro de que la juventud puede provocar una renovación inalterable.
Próspero señala a sus estudiantes que una educación subordinada al fin utilitario y excesivamente especializada puede afectar la “integridad natural de los espíritus” y volverlos estrechos, incapaces de considerar aspectos esenciales que vayan más allá de lo inmediato. La inmediatez como enemiga de la profundidad. Por eso en la escuela está la primera y más generosa manifestación de la equidad social, donde se puede cerrar el abismo de la desigualdad intelectual, porque la democracia es imperfecta y solo iguala en mediocridad.
Entonces, si existe un estado democrático, dice Rodó, que cumpla con el deber de predisponer los medios propios para provocar, uniformemente, la revelación de las superioridades humanas, las condiciones para tender al perfeccionamiento, estará justificada esta forma política. Y así, la igualdad democrática se puede convertir en el ambiente providencial de la cultura, un reenfoque democrático que pueda corregir el vacío estético, la medianía, la rudeza de las formas y la chabacanería que produce la incultura.
Ahora, a mí este punto de vista es tal vez de lo que más me incomoda del ensayo. Me parece aristocratizante, al estilo de La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, donde solo quienes se elevan como Ariel tienen un espíritu superior, trascendente, refinado. Por eso la democracia es para Rodó “la invasión de las cumbres de la multitud” o “la tiranía irresponsable del número”, y no una forma de equilibrio de poderes, liberal, progresista e incluyente. Sin cultura somos salvajes, parece decir. Quien no eleva su espíritu y lo arroja hacia la belleza no merece valor.
También creo que el lenguaje del texto está construido con referentes de una intelectualidad cultivada de “grandes autores”. De griegos, franceses, latinos. Es un prosa que si bien es sencilla, carga el discurso de referentes y cultismos. Se cuida de no ser realmente popular. En su Diccionario de autores latinoamericanos César Aira dice: “El librito, que hilvana en prosa amodorrante ideas en su mayoría ajenas, llegó a ser uno de los más leídos e influyentes en toda América Latina”. Es cierto que este lenguaje modernista puede volverse un sonsonete dormilón y excluyente.
Pero también es cierto que Ariel cambió, de alguna manera, la historia ideológica de la Ámerica hispánica y que Rodó fue tal vez el primer ideólogo del nacionalismo hispanoamericano. Este ensayo tuvo una influencia profunda en el espíritu latinoamericano (hoy, muchos todavía mantenemos viva la relación tensa entre Ariel y Calibán) y, como con todos los clásicos, este texto nos sigue interpelando. Leyendólo nos damos cuenta de que el mundo parecer haber cambiado mucho y al mismo tiempo nada desde 1900 hasta 2026.
Y es que hace más de un siglo Rodó intuyó que un espíritu únicamente mercantil y codicioso produce una influencia nefasta en términos políticos. Conlleva la creación de una plutocracia que representa a los todopoderosos aliados de los trust (¿trumps?), monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica, donde quien es dueño de la economía y del dinero es dueño de la política, donde el único “destino manifiesto” es extraer todos los recursos del mundo, poniendo presidentes –Milei, Bukele, Abelardo, Noboa, Katz– o sosteniendo regímenes tan perversos como el venezolano con tal de saquear el petróleo.
Hoy, lamentablemente, todavía parece vigente lo que decía Vargas Vila de Estados Unidos, que es un país con el que “no se ven sino manos tendidas hacia la rapiña y hacia la muerte”. Si pensamos, por ejemplo, en los hoy denominados Red Neck, simpatizantes del presidente actual, vemos cómo una descripición de Darío de hace más de cien años de los yanquis se les ajusta muy bien: “Colorados, pesados, groseros, van por sus calles empujándose y rozándose animalmente, a la caza del dollar”.
En su ensayo Nuestra Ámerica – del que luego hablaré aquí en El Sapo– José Martí decía que no podemos seguir gobernando nuestros países con ideas prestadas. Las ideas también se pueden cocinar aquí, claro, pero antes tenemos que conocer el continente, su geografía, su botánica, su historia, sus autores, para explorarnos, para entendernos, para pensarnos y repensarnos. Leer Ariel, volver a los libros que constituyen nuestro pensamiento latinoamericano –a los cuatro Josés, por ejemplo: Rodó, Martí, Mariátegui, Vasconcelos– es dejarnos interpelar para interpelar críticamente; es también, por qué no, un buen comienzo para aclarar en qué cosas no nos parecemos a Calibán.

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