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La voz del buey

Por @nanoquendo

A lo mejor es verdad que leer es crear un espacio de silencio. Hacer un hueco para el reposo y, después, seguir el camino.

Esta semana leí La voz del buey, de Carolina Sanín. Un libro de ensayos sobre leer. La autora mezcla reflexiones sobre la lectura con escenas de sus talleres, etimologías imaginadas y recuerdos.

A lo mejor es verdad que leer, después de creado aquel silencio, es escuchar con los ojos. Oír una voz que habla con mi propia voz y que siempre produce un sentido nuevo, uno que no tiene que ver con lo que la autora escribió.

Dicen que toda escritura es autobiográfica, toda lectura también.

Si una amiga me pidiera que le contara de qué va el libro, tendría que decirle que de nada.

Me interesa mucho no poder recordar o parafrasear un texto. Qué significa no entender un texto que se leyó. Cuando digo que no entendí, qué es lo que estoy diciendo. Creo que digo solo eso, que no puedo recordarlo.

Leí el libro en una fila que no avanzaba, después en un avión, luego en otra fila irritantemente rápida; en la cama de un hotel, sentado en un café comiéndome unos huevos con tocineta.

Un libro es una madriguera para esperar nuestro turno.

Debajo de la ropa estamos en carne viva. La lectura y la escritura están ahí para cubrirla, como paños que arropan.

Un mugido que disimula el gemido.

Si leer es encontrarse con esos silencios, escribir tal vez sea rumiar los ecos de las cosas que ya fueron. O que serán. O que no serán. O que no fueron.

Dos personas extrañas que se encuentran en silencio, sin verse ni tocarse, escuchándose.

Así es la escritura, en realidad. Una vez escribí unas cartas para halagar a una mujer. Después esas mismas cartas se las mandé a otra. Ellas no importaban tanto como su aplauso. Yo tampoco. Solo importaba que las cartas hubieran sido escritas pensando en ellas.

Este libro es un buey que rumia en silencio y sabe que lo están mirando.


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