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Un libro de cuentos sobre la dictadura de Rojas Pinilla. Los gritos, de Andrés Arias

@palabraartesanal

Buena parte de las veces que hablo con mi suegro, un hombre que nació en 1943, y que para la época en que Colombia tuvo su única dictadura del siglo XX, tenía 10 años, me dice lo mismo: yo lo espoleo para que me dé su opinión sobre nuestros políticos actuales y él, desde una profundidad que parece surgir de sus recuerdos más entrañables, cambia el gesto despreocupado y sentencia: “Rojas Pinilla es el mejor presidente que ha tenido Colombia”. Acto seguido, me cuenta que cuando era estudiante, el gobierno de Rojas hizo llegar a las escuelas de Colombia unas semillas extranjeras de leguminosas, para que los muchachos se metieran en el cuento de la productividad agrícola. “Comenzaron a brotar unas zanahorias como así de grandes —desde los dedos hasta el codo —. Cuando se las llevé a mi papá, me dijo: ay mijito, eso es comida pa conejos” … Entonces creo entenderle entre líneas que una de las cosas por las que recuerda con cierto fervor a Rojas es porque alguien le hizo llegar algo a alguien. Es decir, alguien que normalmente no le hace llegar nada a nadie, como un gobierno, le hizo llegar a un ciudadano cualquiera, al que normalmente no le llega nada, algo que se hizo real en sus manos y que, como mínimo, sació la ansiedad de sus conejos.

Otra persona, ya no de los 40, sino de los 50, me contó que le tocó jugar con los carritos que mandó Rojas Pinilla en un diciembre “a todas las familias colombianas”. Esto me lo contó cuando yo iba a empezar a leer Los gritos, de Andrés Arias. Tal era mi conocimiento de aquella lejana dictadura que, por algún motivo al que mi curiosidad no me había llevado a indagar, no proyectaba en Colombia la estela de otras dictaduras latinoamericanas del siglo XX. Esto lo afirmaba quizá por el hecho de que en Colombia no se había escrito algo comparable con La fiesta del Chivo o Conversación en La Catedral, novelas en las que Vargas Llosa dejó claro cómo las dictaduras de República Dominicana y Perú son una pieza imprescindible para explicar el alma de esos países.

Compré el libro porque prometía ser un libro de cuentos sobre la dictadura de Rojas y ese solo planteamiento me pareció seductor: la oportunidad de entrar por la vía literaria a un periodo histórico que seguro no iba a abordar desde lo historiográfico. Además, por momentos me satura la ficción y, aunque parecía claro que estos cuentos no se salían de esa esfera, el hecho de estar anclados en algo histórico prometía algo distinto. La sola pregunta de qué es un cuento histórico reforzó mi curiosidad.

Los gritos reúne diez cuentos sobre la dictadura que inició en 1953 y terminó en 1957. Tiene cierto orden cronológico, en función del auge y la caída del General. Para lectores poco conocedores, como yo, es una buena manera de entrar en ese país de los 50 y entender algo de las fuerzas que se lo disputaban, el discurso reinante y, sobre todo, qué de lo que asociamos con las dictaduras sucedió en Colombia en aquel periodo. Y no lo digo porque el libro busque, de manera directa, referirse solo a hitos históricos. Todo lo contrario, los hechos que ya registró la historia son algo así como un ruido de fondo, porque en primer plano lo que aparece son voces ficcionadas de esos “alguien” a los que ese alguien todopoderoso les dio —o les quitó— algo, bien sea porque estuvieron cerca de Rojas, porque hicieron parte del régimen sin ser los protagonistas que registró la historia o porque, como mi suegro, fueron los destinatarios de un relato que ese gobierno se propuso instaurar con determinación.

Bajo ese principio de narrar la historia desde sus voces anónimas, los cuentos de Arias, en conjunto, dejan ver la importancia que para él tuvo la creación de los narradores, entre los cuales, incluso, se ficcionaliza él mismo. Y este es uno de los grandes aciertos entre las decisiones literarias que tomó el autor: preguntarse con suficiencia por quién narra una historia íntima es también preguntarse por cómo ve una historia colectiva. En últimas, es una pregunta por la realidad, pues todo lo que le sucede a un alguien, por anónimo que sea, por ficcional que sea, no deja de ser real. De hecho, Arias nos advierte que ese es uno de los principios artísticos que rigen su obra en uno de los epígrafes del libro, que recuerda a Sir Arthur Helps: “Debemos recordar que la ficción no significa falsedad”.

Un anciano que recuerda sus días vigorosos al servicio del general, un periodista obsesionado con algo que no vivió, un joven que gestiona su homosexualidad en medio de la represión y debe presenciar, obligado, una masacre, o la amante del “Yernísimo” (Samuel Moreno Díaz), son algunas de las voces ficcionales que conducen al lector, desde el pasado y el presente, a una versión de la dictadura, que no por su naturaleza ficcional, deja de ser real. Además, otro de los atributos de estos cuentos es la verosimilitud: estructurar la ficción a partir de datos históricos precisos y preocuparse por darle sustento a las motivaciones de esas voces para surgir, hace que los cuentos sean creíbles y estén dotados de una singularidad que realza su valor.

Sin ser historiográficos, estos cuentos le permiten a uno como lector entender mejor lo que pudo haber sido la dictadura de Rojas. A través de la propuesta particular del autor, y de la visión única de los narradores que crea, podemos percibir algo así como el alma colectiva de aquellos días, la relación que el poder construyó con las personas, la historia que se intentó contar desde ese lugar de poder y, sobre todo, la inoperancia de mirar la realidad desde la posición de seguidor o detractor. Si bien la selección que Arias hace de esas voces privilegia el lado no oficial de la historia, y eso ya de entrada pone el foco en lo que al establecimiento no le interesó contar, como en toda buena literatura, la complejidad y los matices abren preguntas que no se pueden responder con simplificaciones.

¿En serio en Colombia hubo un dictador que estuvo varias semanas preso en un viejo buque de la Armada, en aguas del Caribe, frente a Cartagena? ¿Y es que en Colombia hubo campos de concentración en la época de la dictadura? ¿La corrupción era tan evidente y rampante desde ese entonces, en ese gobierno que tantos recuerdan con reverencia? Son algunas de las preguntas impregnadas de revelación que me deja este buen libro de cuentos y que, supongo, me van a espolear a mí, para poner cierta dosis de veneno en las nuevas preguntas que le haga a mi suegro sobre su gran General.


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