Una vez leímos Lo que no tiene nombre (2013) en el club de lectura de una empresa y luego invitamos a Piedad Bonnett para conversar con ella sobre la lectura. Mi función era guiar el diálogo con el grupo a partir de unas preguntas que habíamos preparado, pero, al escuchar la primera, Piedad dijo: «No. Yo primero les quiero hablar sobre mi libro». Así que el encuentro de dos horas consistió en que la autora de carne y hueso nos explicara, en otro orden y con más detalles, el relato que ya todos los lectores de carne y hueso habíamos leído. Insistió en que la historia era real y explicó que ella hacía literatura.
Me daré el lujo de satisfacer una fantasía teórica común: supondré que la autora ha muerto. De hecho, supondré que yo he muerto también. Así no habrá lectora de carne y hueso que incurra en la falta de permear su lectura con conflictos personales ni con el temor de perder la simpatía de la autora por examinar con atención su libro.
Supongamos, pues, que a Lo que no tiene nombre llega una lectora imaginada. Encuentra el libro en una librería comercial y el vendedor le sugiere que lo lleve porque es «valiente y extraordinario», tal como dice en la contratapa. Lectora Imaginada voltea el libro y ve, además, un comentario de Rosa Montero que describe el texto como «penetrante e imprescindible». Alza las cejas y abre los ojos. Le llama la atención el libro y lo compra.
Lectora Imaginada empieza a leer un sábado por la mañana. Se siente muy conmovida desde las primeras páginas y no le falta razón: Lo que no tiene nombre es un libro sobre el duelo: es el testimonio de una madre, Piedad, que reconstruye el relato del suicidio de su hijo Daniel. Lectora Imaginada se involucra fácilmente con la historia, señala una que otra frase que le gusta, avanza rápido y, se podría decir, empieza a devorar el libro.
Al llegar a la página 75 tropieza con una frase de cajón: «Una voz tan insólitamente llena de ternura me puso al borde del llanto».
«Al borde del llanto», repite en voz alta Lectora Imaginada; suspende unos segundos la lectura y se soba el pie; Lectora Imaginada también es somática, como el personaje de Luna Miguel, o sea que transforma en síntomas orgánicos los malestares de la lectura.
Lectora Imaginada Somática usa a menudo esa frase de cajón y la ha leído, «al borde del llanto», cientos de veces en los dramas de la prensa. Avanza en el libro unas páginas más, pero no mucho: muy pronto tropieza de nuevo con otra frase de cajón en la página 78: «El silencio que pesa como piedra».
«“Pesa como piedra” podría estar en un texto escolar que explica con ejemplos simples las figuras retóricas», piensa Lectora Imaginada Somática; «pesa como piedra» podría estar al lado de «dientes como perlas» o de «piel blanca como la nieve». Somática subraya la frase con un lapicero de color marrón. Cree que le saldrá un morado.
Retrocede unas páginas y relee, y entonces se da cuenta de que había esquivado varias frases de cajón con las que también podría haberse tropezado, como «desnuda confesión» (p. 66), «miradas penetrantes» (p. 55), «un turbión de emociones nos agita por dentro» (p. 16), «rendirse al llanto» (p. 16), «no volverá a mirarnos ni a sonreírnos» (p. 18), «la fuerza de los hechos es incontestable» (p. 18), «la oscuridad de la noche» (p. 21)…
Subraya todas las frases de cajón con el lapicero y las lee de corrido. Quiere conocer la opinión de alguien más. Como no tiene a nadie cerca, opta por chatear con una inteligencia artificial.
«¿La frase “No volverá a mirarnos ni a sonreírnos” es una frase de cajón?», le pregunta Somática a la IA, con la esperanza de que una inteligencia artificial no sepa detectar frases de cajón en los libros; pero la IA le dice que sí: que la estructura «no volverá a [vernos/mirarnos/sonreírnos/hablar con nosotros]» es un cliché, «una fórmula repetida, muy utilizada en textos que abordan la muerte o la ausencia definitiva de un ser querido».
«¿Y qué piensas de la “oscuridad de la noche”?», pregunta Imaginada Somática, pidiéndole a la IA que asuma el rol de editora; la IA le dice que «la oscuridad de la noche» es un lugar común en la lengua española y en la literatura en general»; la IA, de hecho, sugiere no usar esa frase en la «escritura creativa».
Somática le pide a la IA que haga una lista de frases de cajón que aparezcan en Lo que no tiene nombre; la lista es larga. «¿Por qué crees que hay tantas?», pregunta Lectora Imaginada y la IA le dice que el uso de clichés en este tipo de textos puede ser intencionado para conectar con la experiencia de un lector universal.
Somática se aplica una pomada en el pie; le ha empezado a doler.
Con tantos tropiezos en la lectura no ha podido avanzar mucho en el libro. En la página 22 se topa con «una sonrisa irónica en los labios», y se pregunta dónde más podría aparecer una sonrisa, si no es en los labios. Piensa que tal vez tendría gracia si apareciera en los pelos de una ceja, pero si aparece en los labios quizá no haya que explicarlo. «Sonrisa en los labios» le parece una redundancia semejante a «la oscuridad de la noche». Piensa que tampoco era necesario sobreexplicar que la habitación de Daniel es la de alguien «pulcro, riguroso, aseado» (p. 16) luego de que se ha dicho que la cama estaba tendida «con pulcritud», «la chaqueta de cuadros colgada con cuidado en la silla», «los zapatos alineados en el clóset», «los suéteres y las camisetas puestos en orden». Tampoco era necesario explicar que Daniel hablaba «con humor negro» cuando decía que trataría de pintar al modo de Van Gogh» (p. 84).
A Somática le parece que este es un libro que necesita explicar cosas. O tal vez está siendo dura con el texto; decide saltarse las frases de cajón y mejor presta atención a las que le gustan, que subraya en color azul:
· La gana del alma / que es el cuerpo, de Blanca Varela
· La verdad es maraña, de Javier Marías
· La vida es física, de Watanabe
· En mi cabeza había una pared que no me dejaba actuar felizmente, de Daniel Segura
· Somos como moscas en las manos de los dioses, de Shakespeare
Somática advierte que ninguna de estas frases la escribió la autora. Le parece que lo más bello del libro son las citas.
Otra frase llama su atención en la página 50:
«La fuerza de la empatía que crea el vínculo materno».
Como cualquier lugar común, las frases de cajón son versátiles y parecerían quedar bien en todas partes, pero casi siempre esconden una trampa. Lectora Imaginada cambia el orden de las palabras y escribe en la margen del libro:
El vínculo materno crea la fuerza de la empatía.
El vínculo materno crea la empatía.
«¿Será que el vínculo materno crea la empatía?», se pregunta Lectora Imaginada Somática y relee algunos pasajes, como este de la página 58, en el que la madre dice: «Me conmoví de nuevo al ver su cara desfigurada por innumerables y repugnantes granos blancos, pero me consolé pensando que aquel viaje lo liberaría de las miradas espantadas de sus compañeros». Lectora Somática suspende la lectura y piensa en Daniel. Imagina su cara llena de granos «purulentos, infames, vergonzosos» (p. 48) y a su madre mirándolo aterrada. Somática se siente mal y bebe un té de manzanilla. Concluye que a lo mejor el lugar común de la madre empática, en este caso, es un deseo. Sí: ser una madre empática puede ser también un deseo: el de una madre que intenta mirar con amor, y no con espanto, la cara de su hijo afectada por el acné. Esa misma madre narradora nota luego que el hospital al que trasladan a su hijo en Lima luego de una crisis es «pequeño y feo, situado sobre una ruidosa calle saturada de buses en un barrio popular» (p.76), y que se trata de un «hospital pobre, sin recursos» (p. 77). Y esa misma madre siente alivio cuando, gracias a la gestión cercana de una familiar, Daniel es trasladado a una clínica tradicional en Lima donde los atenderá «un médico muy querido» (p. 77).
Somática termina el libro; le parece que en general es bueno.
Pero repasa unas páginas otra vez y empieza a notar varias parejas y tríos de adjetivos y de sustantivos. El problema, le dice Somática a la IA, no es que estén juntos, sino que juntos así le hacen muy poco o nada a una frase. Por ejemplo, Somática dice: «Una muñeca a la vez pavorosa y obscena» (p. 22) y la muñeca que aparece en su imaginación puede ser cualquier cosa. También aparece cualquier cosa en su mente cuando lee «varios autorretratos perturbadores, dolorosos» (p. 22), y cuando lee «El sitio al que nos trasladan es pequeño y feo» (p. 76), y cuando lee «Lo que nos espera es arduo, demoledor», y cuando lee «aceptar la situación con entereza y sosiego» (p. 77). Dos adjetivos o sustantivos, juntos así, dicen poco acerca de las cosas que intentan describir: inflan con nada las palabras. Pausada e impaciente, arduo y demoledor, perturbador y doloroso, pequeño y feo, grave y escasa, entereza y sosiego. Somática tenía el pie hinchado; ahora se siente llena de gases. Le parece que la narradora solo llena espacio cuando describe al médico como «un hombre de ademanes severos y palabra grave y escasa» (p. 88), y cuando dice «nos atenderá un médico muy apreciado» (p. 77), o cuando dice que Daniel «sonríe con esa cordialidad suya de chico bien educado» (p. 82), o cuando habla de una «rubia joven, de semblante amable» (p. 17) y de «una mujer joven, de ademanes suaves» (p. 100). Lectora Imaginada Somática ahora está fastidiada. Toma el libro, va al baño y se sienta un rato. ¿Por qué le había parecido entonces un libro bueno?
La historia, real o no, es buena; de hecho, es trepidante, como diría el vendedor de la librería comercial. Una madre hace todo lo posible por acompañar al hijo en sus crisis de salud mental, agravadas, al parecer, por los efectos secundarios de un medicamento contra el acné, que lo conducen al suicidio. En el texto, la madre no juzga mal las acciones del hijo ni condena la decisión de su muerte: lo observa y procura entenderlo. En el texto, la narradora madre se esfuerza por mostrar que siempre trata con amor a Daniel. En una de las crisis más fuertes de él, la madre dice, por ejemplo: «Yo comprendo que la violencia es lo único en lo que no podemos caer, y acaricio a Daniel, le pido que se calme, que tenga paciencia, le recuerdo que sólo unas horas nos separan de Bogotá» (p. 74); luego de esa crisis grave, que ocurre en un avión, la madre narradora le dice al hijo: «No fue nada grave, le digo, tratando de no angustiarlo» (p. 81); cuando la puerta de la habitación lleva mucho rato cerrada, la madre insiste «tocando con suavidad, como siempre que necesito entrar» (p. 88). Cuando lo ve confundido por su camino profesional le sugiere «muy suavemente, que contemple un cambio de carrera» (p. 108).
Porque hay una madre buena que sufre con su hijo parecería que Lo que no tiene nombre es un libro bueno.
La madre buena blinda a este libro: lo hace bueno.
Seamos precisas: la madre buena sostiene el texto flojo de este libro.
Como en una familia patriarcal, la madre buena es útil para sostener en el poder cualquier cosa. En este caso, la madre buena no solo sostiene el texto flojo de un libro reconocido, sino también el poder de una autora que luce comodísima junto a los embajadores, los ministros y los presidentes de cualquier cosa.
Seamos precisas otra vez: la madre buena sostiene el texto flojísimo de Lo que no tiene nombre y con ello sostiene también el trono de Piedad Bonnett; y seamos justas: ese libro está pobremente escrito porque es desdeñoso, o quizá indiferente, con el lenguaje. Parecería que, amparada por el fuero de la buena madre, la autora hubiera abierto su nécessaire y hubiera sacado frasecitas al azar para escribirlo. El problema no es que use frases de cajón: lo que hay en un cajón también es digno de usarse. Pero Piedad Bonnett es una de las autoras colombianas vivas más reconocidas y premiadas por sus méritos en la poesía y este libro ha sido referente nacional en la literatura sobre duelo. Le caería muy bien a un país como el nuestro el reconocimiento de libros que sí muestren, de verdad, lo que les puede hacer el lenguaje a la muerte, a la vida y a la literatura.
Astilla
La inteligencia artificial que utilicé fue Perplexity. Dejé de subestimar a la IA: me sorprendió que dijera que algunas de las frases clichés que usa Piedad Bonnett no deberían ser usadas en la literatura.

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