Hace poco mi hija de cinco años me dijo que jugáramos a que ella era la mamá y yo el hijo. El juego consistía en que me preguntaba algo y yo tenía que responder mal.
—Hijo, ¿cuánto es dos más dos?
—Siete— aunque, claro, quería responderle que dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho, dieciséis.
—Hijoo, noooo, dos y dos no son siete. Dos y dos son cuatro. ¿Cuándo vas a aprender?—me respondía mi hija que ahora era mi mamá.
Entonces tomaba mis dedos. Uno, dos, tres y cuatro. Contaba.
—¿Sí ves?
El juego parecía tener una regla clara: yo debía fallar. Equivocarme para que ella me corrigiera. Me pregunté por qué en su cabeza estaba la idea de que una mamá o un papá guían y corrigen. ¿Acaso los padres quieren ver fallar a sus hijos para sentir aquel placer irreprimible de corregir a otros? Mi reflexión no se extendió, se quedó a pocos metros, porque el cansancio era arrasador. El agotamiento que sentía me trituró la profundidad, la volvió polvo. Se quedó en nada.
Por esos días leí Padres e hijos de Roberto Merino y recordé una frase: “Al final del día, cargado de presiones, habiendo soportado en una sola jornada la estupidez, la incomprensión, los atochamientos, los bocinazos, las radios y el bombardeo informativo, no quedan fuerzas para participar en juegos ni menos aún para hilvanar un reto”. La paternidad, parecía decir Merino, no es un sistema coherente e inquebrantable, sino una práctica atravesada por la fricción, por la fragilidad, por el afecto, la fisura y la interrupción.
Me hubiera gustado leer el libro antes. No solo por mi interés en el tema, sino porque su escritura aclara ciertas cosas. Sus ensayos eluden con inteligencia la cursilería de la paternidad. El vínculo no se muestra como una marca de pañales ni como una película familiar moralizante repetida billones de veces. No se engolosina en señalar que es una de las mejores cosas que le han pasado en la vida, ni se esfuerza por exponer un relato que sublima a la familia y la pone por encima de otras formas afectivas.
El libro –a mi juicio, con agudeza literaria– no cae en el buenismo de cartilla ni en una relación estrecha con la solemnidad: “Uno jamás experimenta la vida cotidiana como la utopía psicológica que quisieran los consejeros no solicitados”. Excluye el lenguaje seductor del consumo, el mismo con el que se venden Barbies o viajes a los parques de Disney, para adentrarse en una prosa rítmica y elegante, una prosa que se sostiene en el humor y la singularidad y que permite bajar al nivel más terrenal del idioma paterno.
Las anécdotas y reflexiones en Padres e hijos están ancladas en esa lógica. En esa no-sublimación es donde encuentra los detalles desatendidos por manuales de cómo ser un buen papá. En uno de los ensayos, por ejemplo, Merino se recuerda a sí mismo, a las tres de la mañana, rendido ante la cuna de su hijo de un año, a quien describe como una persona obesa y encantadora que no se quedará dormida mientras no perciba una compañía humana. Luego de pasar la noche en vela nos dice que termina así: “insomne, humillado, de rodillas ante una cuna, como si estuviera adorando al Niño Jesús de Praga, un ídolo que no quiere nada de mí, salvo escuchar mi respiración y castigar mi ateísmo”.
En medio del insomnio también está el humor. Reírse de sí mismo. No tomarse las cosas en serio. Por eso recomienda, sin culpa, el uso de la televisión como “nodriza” para conciliar el sueño infantil. La escena es incómoda porque contradice el ideal contemporáneo de la crianza atenta y estimulante: evitar pantallas. Pero ahí radica su fuerza: en mostrar que, frente a la escacez de tiempo y energía, la paternidad real se construye también a partir de soluciones imperfectas.
Porque, claro, a veces no queremos jugar. Ni ver sus películas ni hacer bailes en los que nos vemos ridículos frente al espejo. El cansancio es el gran plomo que nos aplasta. A veces solo queremos dormir, echarnos lentamente sobre un sofá como un león marino. A veces, por supuesto, es imposible.
—Papá, papá, jueguemos. Yo soy la mamá y tú el hijo
A las dos, a las cuatro, a las ocho.
Hay gente, como dice Merino, que supone que los niños son una solución de ternura y disparates. El problema es que refutan tácitamente otros ingredientes tempranos del alma: egoísmo, rabia, ironía, crueldad, hipersensibilidad al abandono, clasismo. Hay mucho más, sin duda. Y es justo con ese pliegue adorable-detestable con el que también puede hacerse literatura. Los matices de la infancia y la paternidad. Aquello que no reconocemos en público, que nos avergüenza. Las frustraciones que convertimos en sintaxis, en voz y ritmo, como sucede en Padres e hijos, donde la escritura se mueve juguetona, impúdica y con delicada contundencia.

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