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Archipiélago, Mariana Enríquez

@sebastian_gaviria.q

El último libro de Mariana Enríquez, publicado hace algunos meses por la editorial Ampersand, es, a mi juicio, la antología de una obsesiva. Si bien es un libro sobre las lecturas que le dejaron huella, también parece la colección de una fanática. Aquí los libros son en realidad la realidad. Una manera de ser y de estar. Una forma de ver la lectura no solo como permanencia en la ficción, sino como un mecanismo de la acción. Estos ensayos autobiográficos sobre la lectura, como verá cualquiera persona que lea el libro, no tienen la pretensión de una teoría literaria, ni de un estudio crítico. Son un recorrido por su gusto literario: “Creo que el gusto literario no se elige. Ignoro de dónde viene, es una conexión esotérica y estética que no podría explicar”, dice. Por eso no busca sorprender a los lectores. No busca dárselas de sofisticada ni alardear de lecturas marginales. Solo quiere hablarnos de ese vínculo.

El libro está narrado en primera persona a modo de confesión (y de obsesión), a modo de ventana indiscreta por la que se pueden espiar las elecciones y juicios de la autora, sus miedos y sus sueños, los lugares por los que peregrina. El libro es en sí mismo un lugar: está divido en islas, en botes, en velas, en olas; con marineros y canales; en muelles, en faros y barcos con anclas que, a pesar de todo, no tocan puerto y naufragan y se dejan atravesar por la marejada feliz de la lectura, por el remolino de la emoción intacta que dejan las palabras y los libros. Estos textos invitan involuntariamente a perderse en los ídolos que se han instalado en el corazón de la autora, con el retumbar delator de una taquicardia, con el desboque que da la adrenalina de contar lo que ha sido importante en la historia personal.

Aquí la obsesión de leer también es un lugar. O es un naufragio. Tal vez es lo que nos quiere señalar la estructura del libro. Que la lectura de un obsesivo es ir de isla en isla, tal vez a la deriva. Que se navega viciosamente, en círculos. Un trayecto impasible, irresponsable, irracional. Es previsible que para ciertas personas resulte extraño que alguien se descarrile de las elecciones racionales y se mueva por el impulso de una búsqueda que no conlleva ganancia. Es como en las películas de terror cuando vemos a la protagonista bajar al sótano de la casa, aun con la certeza de que, en el fondo, escondida en la oscuridad, se encuentra una presencia extraña que acabará con su vida. Nos preguntamos para qué lo hace. Qué necesidad. Sufrimos por su decisión.

De la misma manera, las personas se podrían preguntar para qué conocer datos insustanciales sobre un poema, para qué comprar –y acumular– tantos libros de (y sobre) un mismo autor, para qué saber cómo era la esposa de un poeta muerto hace más de un siglo o para qué descubrir que uno de los autores claves de la literatura extraña era loco y misántropo. Tal vez Archipiélago ofrezca algunos indicios – nunca los suficientes–, pero lo que me parece contundente es que nos regala un parte de tranquilidad: la de sabernos acompañados en el mundo, la certeza de que hay personas que se nos parecen, que se obsesionan con los libros, que también eligen sus lecturas atraídos por esa soga invisible y fanática que nos arrastra y nos lleva como presos del siglo XIX, con la mirada hacia el piso y detrás de huellas que se descubren en la medida que avanzamos.

Nota al pie: Leí a Mariana Enríquez por primera vez en 2019 y transité de cierta forma el camino del lector obsesivo. Me leí tres de sus libros: Los peligros de fumar en la cama, Las cosas que perdimos en el fuego y Caminaré sobre tu tumba uno tras otro casi sin pensar en el tiempo ni en la autora hasta que sentí la necesidad de verla en sus entrevistas, de leer sus artículos, de ver sus charlas magistrales. La seguí en Instagram. Seguí sus recomendaciones. Leí a Stephen King, a Silvina Ocampo, a Bret Easton Ellis.  Me compré la compilación de sus artículos, crónicas y ensayos, editada por Leila Guerriero. Me vi documentales de Nirvana, oí con atención y placer a Nick Cave y le di una perspectiva más benévola a la poesía de Pizarnik, que nunca me gustó. Busqué los artículos en Página 12 y El País de España. Cansé a mis amigos hablando de ella y de sus libros. Me encontré con amigas que la leían. Hablamos de crear un grupo de whatsapp que por fortuna no se creó. Hasta mi mamá, que nunca lee y no tiene ni idea de quién es, me regaló Un verano a oscuras, en la edición de Páginas de espuma. Y por eso siempre la amaré.


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