Hay tantas cosas que imagino mientras estoy en gestación. Hay tantas cosas que imaginé que haría en gestación. Ahora, hay tantas cosas que imagino que haré cuando bebé nazca. Por ejemplo, imagino -y me quiero quedar con esa ingenuidad elegida- que podré amamantar y leer. Como, además, decidimos mudarnos en plena recta final del embarazo, empaqué una caja especial de libros para poder recrear esta escena en el sofá e imagino que estaré entre cama y sofá por algunos meses, al menos, por esos días de cuarentena que pienso guardar. Hay más cajas de libros, por supuesto, pero no sé cuándo lleguen a estar de nuevo en la biblioteca.
Pensé que, en estos meses que llevo creando una vida, podría haber vuelto a leer la cantidad considerable de libros que ya había leído sobre maternidad en los últimos años. Tengo una obsesión al respecto. O, al menos, los que más ganas tenía de volver a visitar. No fue así. Los primeros meses hubo bruma, sueño, pausa. Los siguientes, una capacidad creadora que me volcó a escribir, tejer, registrar, planear. Y ahora, siento una fuerza tectónica en mis entrañas que requiere toda mi energía.
Entonces, leí pocos libros. Y leí muy lento. Pero la poesía siempre es compañía, siempre puedo pasar mis ojos por sus líneas, con bruma, con sueño, o en pausa. Siempre hay una imagen de la cual quedarme colgada un rato para registrar una sensación y volver la vista a las palabras ahí, suspendidas. Imagino que el apetito lector volverá, que podré diseñar un nuevo ritual: un cuento, un capítulo de una novela, un par de poemas, un ensayo, un cuento infantil, y volver a empezar. Antes, los domingos, los pasaba así. Saltando entre lecturas, por horas. Imagino, imagino, imagino.
El poema Atlas, de Natalia Romero, me dijo que la fuerza es “sino está forma/ con la que creo sostener el mundo”. Y, a la vez, me recordó que “alguien tiene miedo cuando lloro/como si yo fuera un río que desborda”. Lo soy: el río que se desborda y el sostén del mundo, todo y en simultánea.
Atlas
Qué es la fuerza
pregunté,
la mañana estaba radiante
a través de la ventana.
El cielo claro y las cosas, bajo la luz.
Qué es la fuerza,
sino esta forma
con la que creo sostener el mundo.
Podría ser la confianza
con que se guía la rama de la hiedra,
la helada, que se detiene frente a los árboles
o la forma, sin borde, del cielo.
Quería sostener el mundo
fuerte y segura como las piedras.
Pero hay un curso que no es mío
y las cosas pueden seguir el peso que las hunde.
Alguien tiene miedo cuando lloro
como si yo fuera un río que desborda.
Afuera una bestia que no soy yo, espera.
¿Qué tiene ella de mí?
Voy a susurrarle
que la adoro, voy a recordarle su dulzura.
Escribir sobre un poema se me hace tan difícil como escribir sobre esta gestación. Creo que requiere distancia y tiempo. En el caso de la poesía, cada línea se me hace elástica, preguntarse por “qué es la fuerza”, pasar la mirada al día que comienza por una ventana, recordarme en ese gesto, imaginar a otros en ese gesto: mirar por la ventana, mirar y ver, mirar y detenerse a ver el contorno de las cosas delineadas por la luz. Si leo de noche estas líneas y miro por la ventana, veo oscuridad, o alguna lámpara en la calle que medio ilumina un pedazo de la acera, si es de noche, me pregunto sí dejaré de ver la fuerza que ve el poema bajo el cielo claro.
Salto a otra línea: “pero hay un curso que no es mío/y las cosas pueden seguir el peso que las hunde” y veo piedras, claro, aparecieron una línea antes, y veo su peso, su dureza, veo las piedras en el río —el río aparece una línea después— y es que el poema se lee una vez y muchas veces, y en orden y en desorden, y masticando las palabras, y volviéndolas a saborear, y juntándolas unas con otras, porque son esas y no son otras. Entonces, veo la piedra, el peso, la dureza, el río. Y entiendo algo que se siente como suspiro, como comprensión, como hallazgo, que no sé nombrar, pero estoy usando palabras para contarlo. Y aparece la bestia y la dulzura, y la pregunta: “¿qué tiene ella de mí?”
Así puedo leer: imitando la presencia que hoy tengo, asistiendo al ritmo que tiene mi cuerpo, contemplando la poesía adentro: estoy creando una vida a cada instante y afuera: estoy presenciando la vida ocurrir. Es suficiente, como es suficiente leer las mismas líneas veinte veces. Es suficiente, necesito decirme. Imagino que volveré a leer, que desempacaré los libros sin leer y los leídos, que encontraré una nueva forma de leer, que volveré por acá a escribir sobre cuáles sentidos usaré, sobre qué me importa y qué me pasa con lo que leo. Imagino, imagino, imagino.

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