Por: Karla Ospina (especie invitada)
Psicodelia, de Miguel Botero, es una novela disparatada. Llena de conexiones y desconexiones con el trazar cotidiano de la vida de sus dos personajes principales: Alicia e Isadora. Dos jóvenes, casi niñas que, en medio de la enajenación en la que están situadas respecto a sus vidas, empiezan a acceder a las realidades fractales y múltiples que se reproducen con el consumo de hongos alucinógenos, LSD y cacao sabanero. Encuentro en este libro, en principio, una denuncia de la realidad como una materia frágil, más de lo que advertimos.
En lo cotidiano, la realidad se elabora con el rasgo alucinante de la repetición. En la extrema rigidez damos rienda a un funcionamiento de lo real a menudo agotador y tolerante: aceptamos resignadamente el hambre, la violencia y los males. Aceptamos las externalidades negativas de nuestro proceder sistemático y masivo como consecuencias al margen. Y así las vivimos. No queremos que los problemas del mundo se relacionen con nosotros, se deriven de nuestra incapacidad de responder.
En un mundo lleno de sujetos alienados el espacio habitable se reduce al espacio personal; aquel del que sí podemos ser responsables y que se establece como el límite de nuestra agencia. Podemos estar a mansalva resguardados en nosotros mismos. Perdemos mundo, se lo abonamos a la incertidumbre y a la incomodidad que significa hacerse cargo de los otros. En este mundo la impotencia es sintomática.
¿Qué pasa cuando la enajenación se produce en relación con el propio cuerpo? En Alicia e Isadora podemos encontrar a dos jóvenes que caminan hasta el límite de lo que les permite su cuerpo. Son observadoras de sus propias vidas y no parecen seres vinculados a la vivencia de sus experiencias. Parece que hay una membrana entre estos personajes y lo real, un manto irrompible. Sin embargo, al entregarse a la psicodelia, logran desdibujar su propio cuerpo y ser indistinguibles del color, las formas y sensaciones que reciben en los viajes. En la experiencia de fusión, en la que no puede discernirse entre el uno y el mundo, la alienación no es posible porque no hay perspectiva o distancia entre el yo y todo aquello que le es ajeno.
En la experiencia alucinatoria de la psicodelia, la realidad es también una materia esquiva. Esa posibilidad de crear conexiones neuronales tan bastas da luz a una paradoja; en medio de tanta lucidez y libertad de asociaciones se generan caminos inconexos y ya no es posible hacer cosas con la aparente normalidad de la sobriedad, como hablar o ubicarse en el espacio. Se puede romper el puente con esa otra alucinación colectiva, que nos sostiene juntos sobre los acuerdos comunes de “la realidad unánime, esa que nadie logra dilucidar”[1]. Es así como una experiencia de unión con el todo arroja a la nada, a la perdida del mundo común.
El libro no es ingenuo ni romántico al presentar la vivencia de los viajes. Entrega en sus descripciones tanto el placer como el abismo de aventurarse en el delirio. El delirio encuentra su contracara en el tedio. Miguel les otorga a sus personajes una consciencia temprana del tedio que se puede enfrentar día a día: “el asunto, al menos por ahora, es que no tienes otra opción distinta al mundo que te tocó vivir”[2]. Y en esta frase triste se encuentra acorazada la negligencia y la carencia de afecto a las que estas jóvenes han sido sometidas.
El tedio se combate, en este libro, con el delirio, la escritura y la memoria. Isadora expone “el tenue filamento de la realidad que compone los días de una persona”[3] escribiendo cartas en las que relata lo que va viviendo y con las que recuerda a su madre. Es un cliché decir que encuentra refugio en la escritura, quisiera entonces proponer que encuentra un ancla o un hilo, para tensar e hilar, hacer un relieve, de su propia realidad.
La escritura misma es una especie de alucinación voluntaria, provocada. La escritura permite la multiperspectiva y abre dimensiones para el despliegue de las historias. La mente dispuesta, para dotar una historia de espacialidad y tiempo con palabras, se encuentra en un estado espiritual abierto para fisurar la realidad con el peso de un mundo nuevo.
Las luciérnagas abren en el libro un lugar para elaborar la memoria de Isadora. Alicia escucha, es espectadora y testigo de una narración que se difumina en los viajes. Esta elaboración es una forma de pasar el tiempo, de moler el tedio. También es la manera en que el libro reafirma la fragilidad de lo real. La memoria, como vehículo de la vida vivida, constituye una noción de verdad sobre lo real, pero aquí se presenta fragmentada y a veces dudosa. No únicamente por el estado de delirio de Alicia e Isadora, sino porque es el carácter propio de la memoria presentarse como un mosaico.
Finalmente, me gustaría añadir, que Isadora y Alicia sostienen sus vidas en el encuentro de la una con la otra. Son ellas juntas la medida de su realidad. Frente al desamparo, el tedio y le enajenación, se presenta el encuentro como forma de sobrevivir en el naufragio. Esta historia no resuelve la deriva final para este par de amigas. Nos regala la permanencia en la sensación general que nos acompaña durante la lectura. En ese sentido, es para mí un libro abierto sobre el cual volver para detenerme. No pretende ser un libro cotidiano, a Miguel le interesa narrar lo extraordinario. Sin embargo, pienso que retira la epidermis de las cosas para para poder mirarnos con un poco de honestidad sobre nuestras propias incoherencias y delirios. Por último, hay una propuesta de mantener el vaivén, el movimiento entre la rigidez de las estructuras y la plasticidad de la deriva. El punto es no quedarse demasiado quieto para perder la potencia de vida ni demasiado líquido para no poder amoldarse temporalmente en el recinto que nos ofrezca la vida.
[1] Página 15 de Psicodelia
[2] Página 64 de Psicodelia
[3] Página 15 de Psicodelia

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