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La importancia de nombrar

@nacastrose

1

Hace unos días vi, por segunda vez, “El río de la vida, un viaje por su muerte”.

Ni esta ni la primera vez he logrado denominarla “obra” o “puesta en escena” o “coreografía” o “presentación”.

Si listo las cosas que hice para verla alguien podría ponerle un nombre:

  1. El día anterior compré una boleta.
  2. Asistí al lugar de encuentro a la hora acordada.
  3. Después de hacer fila por unos minutos entré a un edificio, luego a un aula, y me senté en la parte más baja de las gradas.
  4. Frente a mí, en un espacio sin muebles, un grupo de personas sentadas en sus rodillas y vestidas de azul daban la espalda.
  5. Las luces se apagaron casi al mismo tiempo en el que se cerraron las puertas.

Después de unos segundos a oscuras, nos rodearon unos sonidos parecidos al viento y al agua, que no sé si se pueden llamar música. Algunas de las personas de azul empezaron a moverse al ritmo de esa música, al principio aleatoriamente. De la nada los movimientos de uno se parecían a los de otro, y luego se parecían un poco más, y luego otro poco más, un poco más cada vez, hasta volverse reflejo, primero en parejas y luego en grupos, y cuando parecía que la sincronización estaba lista el movimiento de alguno se desfasaba respecto a los otros, y el ciclo volvía a empezar. Fue casi imperceptible el momento en el que todos, por fin, llegaron al mismo movimiento. Todos, excepto por una persona: una mujer vestida de azul (pero no el mismo azul) esperaba sentada sobre sus rodillas en el centro del escenario a que todos se coordinaran en la danza que detonaría su nacimiento.

Entonces, hace unos días vi, por segunda vez, el nacimiento de un río.

Rodeada por la materia que le daría un cuerpo, la mujer del centro se puso de pie como si aceptara la invitación a existir, grácil, casi alegre, agradecida y a la vez grandiosa: gracias a ellos es, pero sin ella ellos no habrían sido nunca.

A su danza se unieron no solo las aguas sino los animales, su existencia conjunta es tan dichosa, tan envidiable, tan conmovedora, que es inevitable sentir que la obra está completa: estamos llorando, las luces pueden encenderse, podemos ponernos de pie e irnos a casa, comer, reposar la espalda en un sillón, en la cama, revisar el celular, ver una película, olvidar que presenciamos un nacimiento.

Pero el río no está vivo. Llevaba consigo la vida, vinimos aquí para presenciar su muerte.

Hace unos días vi, por segunda vez entonces, la muerte del río Magdalena.

2

“Todo está hecho de agua”, decía Tales de Mileto, y “la tierra descansa en ella, como una isla”.

El término “arché” se refiere al origen de todas las cosas en la filosofía de la Antigua Grecia, un concepto que buscaba explicar el universo mediante una sustancia elemental única. Para Tales de Mileto el agua era el arché. Esta idea se basaba en observaciones empíricas como la presencia de humedad en los seres vivos, el aire y los minerales, concluyendo que el agua era el elemento fundamental de la naturaleza. Además, como el agua posee vida y movimiento propios, si todo está hecho de ella y está animado entonces “todo está lleno de dioses”, ya que el agua, como principio de vida, confiere alma a todas las cosas.

Arché es también el nombre de las personas que crearon “El río de la vida, un viaje por su muerte.” No parece suficiente decir que son bailarines, ni que son una compañía de baile. Tampoco que son actores, actrices. Tampoco que son artistas.

Como el agua, son creadores. En cada segundo de cada movimiento que ejecutan son dioses que dan de su propia vida a otra cosa, cualquier cosa, cosas que crean para que las veamos, para que la visión de ellas nos destruya. En ellos nos vemos a nosotros mismos como humanos animados por el agua, como seres llenos de dioses con el poder de hacer de un río un paraíso y un infierno.

No escuchamos hablar nunca de la muerte del río Magdalena. No es usual que su historia se nombre así. Un cuerpo de agua, arché, de naturaleza vivificadora, que da origen a todas las cosas, muerto.

Hace unos días vi, por segunda vez, a la historia del río Magdalena nombrársele “muerte”, en una obra de arte llamada “El río de la vida, un viaje por su muerte”.

3

En 2015 o 2016 conocí a un muchacho de nombre York Bernate. Es decir, hace casi diez años. Éramos muy jóvenes y muy distintos: yo no quería hablar con nadie y él quería hablar con todo el mundo, incluyéndome. Estudiábamos en la universidad, estudiábamos las rocas, la tierra, los minerales. En una materia en la que estudiábamos fósiles nos conocimos mejor.

Una noche, en Villa de Leyva, a donde fuimos para estudiar fósiles, bailamos salsa. York es, por encima de todo lo que su agua interior le invita a ser, un gran bailarín. Y pese a lo poco que yo quería socializar con él creó en mí, esa noche, algo de seguridad en el baile. Nunca le dije lo mucho que se lo agradezco.

Hoy York Bernate, junto a personas que ama, dirige Arché.

Hoy es casi imposible para mí imaginarme la vida sin la danza.

El concepto de arché que propone un origen común y dinámico de todas las cosas se relaciona con la metáfora del río de Heráclito, que simboliza el flujo constante y cambiante de la existencia.

York: en algún momento critiqué tus incesantes cambios, la impermanencia inherente de tu realidad.

Hoy la celebro, la admiro, y sin duda también la vivo.


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