Por @stefarodriguez
Leí este libro en dos sentadas. Literalmente, espalda recta pero contraída, las manos en la frente, o a ratos en la boca. Los dientes apretados. La respiración agitada. Tardé un rato en darme cuenta de mi postura o de cómo subía y bajaba la pierna del sofá. Tardé un rato en entender que mientras leía mi cuerpo se contraía: a la espera de que algo malo pasara. No aterrador, no fuera de lo normal, no miedoso. Simplemente a la espera de que algo malo pasara.
Leer estos cuentos es asistir a una espera. Una espera sostenida. Una espera llena de indicios de que algo va a pasar, pero algo malo, algo que va a cambiar el desenlace de un instante. No sé si podría afirmar que el libro se llama El buen mal porque eso malo que va a suceder, o que está sucediendo servirá para algo. No sé también si me interesa esa arista de que algo malo sirva, y menos, aquella idea de que de todo se puede sacar alguna lección. Me niego a creer que “el buen” del título alude a esto. Quisiera mejor pensar que ese “buen mal” se adentra es en la pregunta de “[…] para qué era todo ese asunto de tener una vida. ¿Era algo que en algún punto una debía entender? ¿Algo que una estaba destinada a ver, o que debía hacer?” Un “buen mal” que despierta a eso que se supone vinimos a entender, o una tensión entre la idea polar de lo bueno, de lo malo.
Y, sin bien son cuentos, varios -intensos, largos, profundos- y a la vez pocos, imagino un hilo conductor de obsesiones, no de temáticas, pero sí de preguntas. Una, esa del asunto de tener una vida, la otra, esa de qué pasaría si algo malo le ocurriera a un hijo. En uno de los cuentos dice: “Duela lo que duela, cualquier cosa que me digas sobre Peta es como estar unos segundos más con él”. ¿Le habrá dado sentido a la vida de esa madre la muerte de su hijo?
En otro relato, dice “¿Quiere quedarse de este lado del mundo? ¿Quiere evitarles el daño de perder a su madre?” Me quedo ahí, perturbada, en el desarrollo sobre la culpa que tiene este texto: ¿será la culpa otra manera de encontrarle sentido a la vida? Ahora que estoy gestando, y que en el inconsciente colectivo sobre la maternidad aparecen tantas narraciones de culpa, apego, dolor y miedo, me pregunto si una se hace madre para sentir culpa y encontrar ahí, en la criatura, un motivo tridimensional en quien desplegarlo todo. O, para sentir culpa, se hace una madre.
Así como la “distancia de rescate” -novela de la misma autora-: la medida obsesiva entre una madre y su hija ante la inminencia de una pérdida, es la obsesión central de la novela; así, este libro de cuentos está atravesado por un terror existencial asociado a la maternidad, a la sensación de aislamiento, a la necesidad de vínculos, a la tensión cotidiana de las relaciones filiales permeadas de un sin sentido.
Lo que más me interesa de este libro, y de ella como escritora, es su llamado a ubicar la mirada y el cuerpo mismo en aquello que nos mantiene vivos y a la vez en tensión. Aquello que contrae y perturba. Que obliga repasar el acontecimiento: hay aquí una manera de narrar, de sostener la respiración, de elegir las imágenes y su orden, de proponer indicios, de soltar la necesidad de sorpresa para quedarse en la grieta. Apretamos los dientes, fruncimos el ceño y cerramos los ojos.

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