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Hamlet y el teatro como un juego de espejos

IG @letrasminimas@pedro.j.vallejo

¿Qué significa que una obra sea universal? De entrada la pregunta es pretenciosa, pero, independientemente del término, es fascinante cómo una obra puede sobrevivir más de 400 años y mantenerse en la memoria colectiva de generaciones enteras. 


Puede ser que en Claudio veamos el reflejo de todos los villanos que han existido y que existirán incluso, o también que en Hamlet esté esa dosis de sagacidad y locura tan necesarias para las acciones heroicas. También puede ser que en Gertrudis estén enfrentados el amor de madre y la ambición de poder -¿quién no ha tenido pasiones simultáneas y al mismo tiempo contradictorias-, o que en Ofelia estén representadas la belleza y la muerte.


Pero no es solo algo que tenga que ver con los personajes. No. Esa capacidad de sobrevivir a los siglos también tiene que ver con una estructura narrativa que hace inagotable su sentido. Y es que Hamlet es una obra de teatro en la que, a su vez, se representa una obra de teatro. Leemos a Hamlet para ver -o sentir- un drama, pero al mismo tiempo parte de ese drama es representado por unos actores que Hamlet contrata. Es un juego de espejos. Un juego en donde nuestra imagen se fragmenta en varios puntos de vista -a veces leemos desde la perspectiva de nuestros ojos, y, a veces, desde los de Hamlet o Gertrudis o Claudio, e incluso desde el punto de vista de los actores del Rey-, pero irónicamente esos fragmentos nos terminan dando una imagen más completa -o mejor, más real- de quienes somos en esencia, sin importar los idiomas o el tiempo.


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