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Antes que nada, Martín Caparrós

@nanoquendo

Lo acepto. Lo mío ha sido siempre la envidia literaria. El anhelo por los textos de los demás es algo que envidiaría no tener, pero me sucede. Repudio no haber podido escribir como tantos otros. Leo algo y desearía que fuera mío. Ansío la claridad con la que dicen, los muy sapos, lo que yo apenas alcanzo a balbucear.

No es nuevo, lo he terapiado, pero aún me sigue ocurriendo. Esta semana me pasó con un libro de Caparrós. Seiscientas cincuenta páginas de pura vida.

Comienza así, como para que uno sepa cómo es que se debe iniciar un libro como este:

“Me dijeron que me voy a morir. Es tonto: no debería necesitar que me lo digan. Pero una cosa es saber que te vas a morir alguna vez —empeñarte en olvidar que te vas a morir alguna vez— y otra muy otra que te digan que hay un plazo y ni siquiera es largo.”

Este es un libro escrito en caída libre, donde el autor tiene la sensación de que le queda poco tiempo para el impacto. Cuenta su vida y sus impresiones, en vivo y en directo, sobre su enfermedad. Es un texto íntimo, anecdótico, con chismes buenos, que mezcla el estremecimiento de saberse enfermo e irlo experimentando con su vida, su niñez, su adolescencia, su juventud, y los últimos años.

No hay solemnidad, ni gritos, ni una épica del dolor. Hay observación, memoria conveniente, un relato que avanza y retrocede, donde las obsesiones regresan. El autor se hace preguntas sobre lo que ha vivido y lo que ha visto: los amigos y los amores, la política tan cercana, la lectura, el oficio de escribir, el país que dejó y al que no volverá. A uno le da la impresión, mientras lee, de que esta historia no es solo la de Caparrós, es también la de una época, un mapa de pérdidas y cambios y decepciones, una inteligencia tan amplia atravesada por el tiempo.

La enfermedad se filtra entre las páginas sin dramatismo. No hay miedo, ni rabia, ni tristeza, ni siquiera una intención de desquite. Leí más bien curiosidad. Curiosidad por la vida que se va reconstruyendo. ¿Quién fui? Me parece que esa es la pregunta latente. Caparrós no pide compasión ni la busca. Escribe sin endulzar, sin disfrazar la crudeza. Enfrenta la certeza —ya no hay incertidumbre, esa que nosotros aún tenemos— de lo que viene. Hay ironía deliciosa, o sea, inteligencia. El muy zorro nunca le da entrada a ninguna nostalgia. 

Lees este libro y es difícil no pensar en tu propia muerte, en que un día sucederá.

A mí el tema de la muerte me jode. No me deja ileso, me apachurra. Mi papá se murió de repente. Estaba trabajando en el campo y le renunció el corazón. Leí a Caparrós y pensé: ¿qué es mejor, una muerte que te avisa y te da tiempo para escribir un libro así o una que llega sin anunciarse?

Pero, ¿quién putas pregunta eso? Obvio, lo mejor sería no morirse. Lo mejor sería poder seguir leyendo libros como estos, que por un instante nos libran de la insoportable opresión que es la propia muerte. De esta sapa incertidumbre. Así sea leyendo sobre la muerte de los demás.

Hay una tumba cerca a la de mi papá que tiene en el epitafio: Siempre te recordaremos. ¿Siempre? ¿Ah, sí? Vea pues. ¿Qué te estás creyendo? ¿Inmortal? ¿Sabés que vos, cauto escritor de lápidas, también? ¿O acaso pensás que solo se mueren los otros? Ojalá.

Un libro así nos hace recordar esa negación que nos protege: el olvido constante de que un día nos moriremos.

La muerte de los demás es una muestra gratis de la propia muerte: un anticipo que miramos de reojo, como quien hojea el manual del televisor, pero sabe que no lo quiere leer. Vemos el final en otros cuerpos, en otros nombres, pero seguimos convencidos de que somos una excepción. Que tenemos tiempo extra. 

Estos días vi un documental sobre una gente millonaria gringa que está buscando alargar la vida. Don’t die. En una parte, uno de los investigadores dice que se imagina una escena futura en donde hay dos niños hablando, sorprendidos de que la gente, antes, se moría.

—¿En serio? —diría uno.

Y el otro: Sí, se morían todos. Hasta unos de repente, pum.

¿Vamos hacia una época en donde la muerte será anacrónica?

Pienso en la mala suerte del último muerto. Una humanidad que se vuelve inmortal y justo ahí, hay uno que no lo logra, uno que se muere en la raya. Seguro uno que es pobre.

Habría que hacerle una estatua. Te recordaremos por siempre. Ahí sí, irónicamente válido. En un sitio turístico: El Último Muerto®. Vengan a ver al hombre que no lo logró, al que se quedó atrás, al que no pudo pagar la cuota de la eternidad. Los inmortales, ¡nosotros!, lo recordaríamos con condescendencia, ahí, junto al dodo, al oso polar y las ballenas.

Caparrós muestra, para los envidiosos, cómo es que se escribe. Experimenta, juega con la forma, se desdobla. Es un narrador que no se conforma con contar: inventa maneras, despliega recursos, pone a hablar a múltiples voces y formas. A veces es él, otras veces parece ser otro, un reflejo que se mueve entre los tiempos y las certezas.

No se trata solo de lo que dice, su vida, sino de cómo lo dice, esa construcción siempre nueva:

“No seré viejo.
Es un consuelo pobre.
(Como son, casi siempre,
los consuelos.)

Imaginarla y extrañarla.

También es cierto que, seguramente,
eso qué extraño sería una vejez,
que no sería una vejez, de nuevo:
nuestra incapacidad para pensarnos viejos.”

¿Les jode la muerte? A mí me jode. A mí me jodió este libro.

Caparrós encontró en su vida la manera de hacer suyo el lenguaje. Es tantas cosas en este libro, es también un estilo único.

Y yo, lo leo y lo envidio.

Pero ya no tanto.


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