Por @felipecarrilloalvear Más en Felipecarrilloalvear.com
Felicity (2015) es el primer libro de esta antología*, y el último que publicó Mary Oliver, del que seleccionó once poemas. Siento, después de leerlos, que es una colección acerca del agradecimiento y la fascinación con la existencia orgánica. La desautomatización de la costumbre de estar vivo. La fascinación con el mundo en el que se está. Leo esto y pienso en Borges, pienso en Inés Posada, en Manuela Gómez, porque en las cuatro encontré, buscando entender la poesía, la declaración de la misma idea, y la misma sensación: la poesía es no acostumbrarnos y poder mirar (con todos los sentidos) el mundo del que somos parte, sin entender solo con la razón. Sin la ingenuidad de creer que se puede entender, pero sin la indiferencia del que no intenta nombrar. Porque ningún instante se repite. Y estar vivo es un milagro.
En «I Wake Close to Morning» el poema pregunta: ¿por qué la gente sigue pidiendo pruebas de Dios, cuando la oscuridad abriéndose a la mañana es más que suficiente?
Y, para mí, ese poema no se trata de Dios, ni de la prueba, ni de la mañana o la oscuridad, se trata de “abrirse” y del “más que suficiente”. Abrirse a la existencia, en contraposición a cerrarse el mundo en unas cuantas respuestas. ¿Se necesitan más pruebas del milagro que es estar vivo que tener la oportunidad de ver, de sentir, cómo se desvanece lentamente la oscuridad hasta dejarnos en la mañana de hoy? Ahí, en ese instante, en cualquier instante con los ojos abiertos, que parpadean, el poema nos comparte el agradecimiento, la fascinación, de estar vivos. Y para eso la razón, que antes nos ha servido para nombrar y argumentar el mundo, es muy insuficiente.
En la página siguiente, después de la aurora, está «The Morning», como si estos poemas fueran un ciclo cronológico hacia la luz plena del sol en la tierra. Ahora la mirada se dirige a unos polluelos recién nacidos, que chirrían con un hambre que no saben qué es ni de dónde viene ni a dónde llega ni hacia dónde se dirige, pero es un sonido que se abre a la luz y a esa hambre que son las ganas de vivir. Esas pequeñas aves, sin aprendizajes externos, miran hacia el cielo, que las espera, aunque ellas no sepan, ni siquiera, todavía, que tienen alas. Y ese es el refuerzo de la idea anterior en este libro: abrirse a la fascinación de estar vivo no necesita razones, ni pruebas, con estar vivo basta, con sentir hambre, con querer más.
En «The World i Live In» el poema rechaza la necesidad de razones o pruebas: ¿qué tiene de malo el tal vez? Pregunta. Solo si hay ángeles en tu cabeza tendrás la posibilidad de ver alguno, alguna vez. Responde.
Pero los ángeles no son los de Dios, son los de cada ser vivo y sobre todo los del mundo terrenal, porque eso es suficiente, no se necesita un Dios porque no se necesitan pruebas ni razones; con querer, de verdad querer, estar, basta, para vivir en este mundo, milagrosa e inexplicablemente.
Y si no se necesitan pruebas, ni razones, no se necesita, tampoco, el discurso, el lenguaje, tradicional. El silencio (la prueba) de Dios es irrompible, pero eso no importa, nos dice «Whistling Swans», el regreso de la primavera, que surge otra vez en nosotros, es un mensaje universal. Así que cuando reces —continúa el poema— dirigiendo tus plegarias con la mirada hacia el cielo, no te olvides de mirar los cisnes que vuelan silbando, y toma de ellos el mensaje que puedas tomar.
El quinto poema de esta selección, «Storage», nos habla de la libertad del fuego sobre nuestras cosas, para hacerle más espacio al corazón, y poder volar.
El octavo, «That Little Beast», es el poema presentándose, indomable, como un ser vivo que pide carne roja cuando la poeta tiene antojo de manzanas, que se zambulle en el agua cuando la poeta solo quiere contemplar el paisaje, que dice las palabras más grandes y raras cuando la poeta solo quiere decir frases cortas, que baila y se ríe como un desquiciado cuando la poeta quiere descansar y, a veces, también, cuando la poeta recuerda a alguien, sonriendo en silencio, pone una pata debajo de su barbilla, y se queda, tranquilo, a escucharla sonreír.
El noveno, «The Pond», regresa a la juventud de una poeta que se creía feliz pero deseaba abrirse a la felicidad, y por eso se va, y regresa, para abrirse, como una azucena, a la experiencia de la existencia de una flor, que desea tocarse con otra.
El décimo, «I Have Just Said», y el onceavo, «The Gift», agradece, tranquilo y firme, aunque el tiempo esté drenándose del reloj, el regalo de la vida: en los principios, en el final, y en los intersticios.
Este primer libro de la colección, el último de Mary Oliver, agradece, también, la vida plena, y no exige pruebas, ni razones, de algo más, vivir y haber vivido es un milagro, y es más.
* Mary Oliver (2019). Devotions. Penguin Books: 455 páginas.

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