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Leche en los ojos

@stefarodriguez

Hace poco mi mamá me contó que el día que me enseñaron la a y la b me enojé mucho. Que llegué a la casa furiosa porque con esas dos letras no me alcanzaba aún para leer y yo quería leer ya. No sé por qué apenas me vengo a enterar de esto, aunque era de esperarse: refleja a la perfección el afán que me constituye.

Mi hija nació el 4 de enero de este año, llegó con un aguacero intenso a medio día. Un mes antes de su alumbramiento nos mudamos de casa. En la empacada de mi biblioteca separé una caja de libros nuevos para leer en el posparto, cuando hablaba de ello con alguna amiga mamá me miraba con cara de “no vas a leer nada” y yo respondía que quería —decidida y conscientemente— ser ingenua y tener mis libros listos. Las primeras semanas con mi bebé a este lado de la piel ameritan más digestión, tiempo, distancia para ser escritas, lo único que puedo decir hoy es que mis ojos se llenaban de leche y con esa bruma no podía leer, tampoco escuchar.

Se dice que hacerse mamá viene con una poda neuronal que se siente desde la gestación. Lo común es escuchar sobre la niebla mental: las palabras precisas no llegan a pronunciarse, la atención se dispersa con facilidad, el tiempo parece elástico: parece que no pasa y pasa sin dejarse ver, parece que corre, pero sigue en el mismo instante.

Tengo que decir que la experiencia de la maternidad es diferente para cada mujer. Para mí, que veo cómo pienso, atender a esta transformación de los circuitos neuronales, ser su espectadora y a la vez quien interpreta el guion, ha sido asombroso. En la gestación me produjo gozo ver la capacidad selectiva de la mente para elegir en qué concentrarse, y cuándo volver al cuerpo, a la fiesta de hormonas que estaban creando una vida. En el posparto, me ha producido extrañeza ver mi incapacidad para juntar consonantes y vocales, vocales y consonantes, verme ausente estando ahí, con mi bebé en la teta. Verme presente caminando por el jardín para sentir el sol. Ya no sé quién soy.

Van meses sin leer mientras hay leche en mí. Van meses leyendo con la leche en mí. Cuando en mis ojos volvió a entrar luz, y algún sonido en los oídos, intenté con un par de ensayos. No pude. Van dos libros leídos: Budín del cielo de María Luque, una novela tierna, lenta, sosegada, una historia que se detiene en la relación de una maestra de matemáticas jubilada con los pájaros que la visitan en su balcón. Necesité leer despacio para volver a sentir los sonidos de las palabras en mi boca, para ver esos pájaros, para caminar con Rosa despacio al parque.

La cabeza de mi padre de Alma Delia Murillo fue el segundo libro que he podido leer. Un texto autobiográfico. En medio de esta lectura decidí entrar a un taller de escrituras autobiográficas, con Marisol García Wills, porque me carcome lo que estoy viviendo y desde que parí me estoy escribiendo. En el delirio del parto, en el delirio de los primeros días, en el delirio de dar leche dejé notas en mi celular con mi voz. No he vuelto aún a ellas. Temo tanto olvidar algo. Y la gente me dice que todo se olvida, que es el mecanismo del cerebro, del cuerpo, para querer seguir pariendo. Me grabo cada semana: me repito la historia, las historias, le aumento detalles, o se los quito. Me impresiona ver cómo cambia lo que me cuento a mí misma.

Para el taller leí un ensayo, lo leí completo. Subrayando, dejando notas al margen. Leí como solía leer, leí devolviéndome en los párrafos, buscándole las costuras, entrando en los silencios. El ensayo es: ¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca? De Daniela Catrileo, está en su libro Piñen. Cuando terminé la lectura estaba conmovida tanto por lo que había leído como por haberlo podido leer. Le dije a mi niña que esta era su mamá, que necesita tiempo para leer, para escribir, para sentir otras vidas adentro.

El contraste entre estas dos lecturas, la de Murillo y Catrileo, es de lo que quiero hablar aquí: ambos son textos asociados a las narrativas del yo, o emparentados con la autoficción. Ambos tienen un contenido profundamente doloroso, pero tratamientos muy diferentes. Ambas historias son “buenas” pero no por eso son buenos textos, como diría otra saper de este grupo.

En Murillo hay un tratamiento irregular: momentos de una prosa literaria cuidada, visos de ensayo, alusiones preciosas a fragmentos de Hamlet, El Rey Lear, El Quijote, Pedro Páramo y a la vez, sentencias editoriales que dicen más de lo que muestran y a la vez desdicen lo que están contando. Me encontré a mí tan removida por la historia, por la pobreza, por la ausencia del padre, por el acoso sexual, por la discriminación, por el dolor. Leí con sensaciones ambivalentes. Incómoda. Leí el recorrido que hizo Alma Delia con su familia para buscar al padre y en medio de ese recorrido, la historia de ella con el peso de no tener un padre. Pero no pude acceder a la belleza de esta historia en función del texto literario, aunque reconozca —cognitivamente— que es una historia conmovedora.

En Catrileo lo que se ve es seco, durísimo. La periferia, el sin destino de quienes están atravesados desde la infancia por la violencia y la pobreza. Y la forma como aparece esto en cada párrafo es tremendamente jugosa. Es la posibilidad de saborear palabras que no sé qué significan, unirlas con otras, pronunciarlas, sentirlas y verlas. Pude ver. Pude entender el trenzado de tres Jesuses: un narco, un adolescente atormentado y el propio Jesucristo. Pude verlo con leche en mis ojos.


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