LEsapomagacín

Comeremos leche y flores

Por @paulitejadat

No estaba preparada para sostener un cuerpo que necesita el mío. Un cuerpo que llora y muge y balbucea y ríe y hace todos los sonidos del mundo para asegurarse de que mi cuerpo siga disponible, blando, fuerte, calientito, para él. No estaba preparada para sentir cómo cambia su peso, su humedad y su suavidad ―deliciosísima y encantadora suavidad― cada día, a cada hora. No estaba preparada para hacerlo con los órganos desordenados y la herida tan abierta. Me preparé para dar leche, para parir, para dejar de dormir, pero no para esta viscosidad, esta suspensión del tiempo que sucede al sostener un cuerpo que reclama y que se merece todo el mío.

Escribo esto a cincuenta días de haber dado a luz y de, también, haber visto la luz. Dando vida quiso venir por mí la muerte. O sea que escribo esto a cincuenta días de no haberme muerto gracias a que hay gente que dona sangre y protocolos con colores. Escribo esto a cincuenta días de ser madre y de tener un hijo, aunque, para ser precisa, es él quien me tiene a mí. Le pertenezco y le perteneceré para siempre. Cincuenta días parecen mucho, pero en el posparto no existe el tiempo, a pesar de que se convierta en el Dios que lo mide todo: semanas de vida, ventanas de sueño, minutos de lactancia, curvas de crecimiento. En el puerperio solo existe el espacio: los brazos, la casa, la piel, los senos, el pañal, la desnudez. Y, muy de vez en cuando, muy a pesar de mis expectativas, un libro en el medio.

Busco leer sobre cualquier cosa que no sea la maternidad. Y esa cosa resulta ser una novela sobre un amor tóxico y urgente. O sobre las relaciones desiguales. O sobre el duelo. O sobre la amistad. O sobre la violencia. Comerás flores es la primera novela de Lucía Solla Sobral, la historia de una mujer joven que se enamora de un hombre veinte años mayor que ella. Marina, la protagonista, acaba de perder a su padre cuando conoce a Jaime. Lo que al principio parece la entrada a una vida sofisticada con comidas elegantes, refugio material y halagos, se convierte en un proceso de ceder el terreno propio sin notarlo. ¿Qué formas adopta la intimidad cuando está atravesada por las relaciones de poder?

En este libro no hay víctimas puras ni villanos absolutos. No hay comodidad moral para poder exponer la zona turbia de narrativas —otra vez en auge— que siguen insistiendo en la épica de un amor en el que se infiltra la violencia, un amor que idealiza la asimetría disfrazada de cuidado. Y narra también otra clase de odisea: la vuelta difícil, fragmentaria, hacia una misma después de haber cedido partes de la identidad en nombre de un vínculo.

En mi hombro derecho reposa la cabeza olorosa y magnética de mi hijo. En la mano que me queda libre está Jaime y, con él, todos esos hombres que he conocido —profesores, jefes, médicos, compañeros de trabajo— que conquistan atmósferas, prestigio y discursos, que acumulan capital simbólico mientras otras se ajustan, esperan, agradecen. Y, entonces, pienso en lo obvio, lo que ya se ha dicho mucho, pero vengo a repetir aquí: la literatura nos permite vivir nuestra vida viviendo otras vidas.

Leo Comerás flores y leo sobre lo que se tiene y lo que se pierde: un padre, una casa, una amiga, un amor, una misma. No soy nada de esta historia y, al mismo tiempo, soy todo eso. Como Marina, también a mí me está cambiando lo que tengo y lo que ya no tengo. No necesito terminar el libro para celebrar esto que sucede. Mientras sostengo un cuerpo tierno y precioso que necesita el mío, en recuperación, en contracción, en dolor y, sobre todo, en amor máximo, puedo también ser por momentos otro cuerpo, otra tensión. No hay mucho más análisis que ese.

La literatura no nos explica ni nos salva. Nos ofrece la posibilidad de desplazarnos y salir brevemente de la clausura milagrosa de lo propio. En el encuentro con una voz ajena nos sometemos a una operación de reconocimiento y extrañamiento. Leer es permitir que otra forma de lo humano nos habite a ratos.

Ya muchas escritoras que son madres y madres que son escritoras lo han dicho. No se puede escribir demasiado cuando se sostiene un cuerpo que necesita el tuyo. Pero quizá no haga falta decir más. De nuevo, la literatura nos permite vivir nuestra vida viviendo otras vidas; a mí me permite, hoy, a cincuenta días de haber parido y no haberme muerto, que, mientras mi hijo come leche, yo coma flores.


Descubre más de LEsapomagacín

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comments

No te tragues ese sapo, comenta: